Hydrobates hornbyi

Joseph Smit (1836–1929), Catalogue of the birds in the British Museum (1896). Volume 25 (Plate III)

Como biólogo, siempre me pareció absurda la idea de lo sobrenatural. Lo más cercano a la vida después de la muerte, en mi opinión, es el metabolismo. El proceso de muerte y descomposición que provee materiales para las reacciones químicas que sostienen la vida, dando lugar a la aparición de nuevos organismos. Algo sensacional por sí mismo.

Pero una estadía en las islas Chincha me hizo replantear estas ideas. Nos habían otorgado unos cuantos miles de dólares para investigar la conservación de aves marinas en la costa occidental de Sudamérica. Las Chinchas son bastante pequeñas, con menos de un kilómetro cuadrado cada una. Aun así, a nuestro pequeño equipo le tomó tres días instalar los sistemas de monitoreo. Teníamos la intención de rastrear los sitios de reproducción de la errática y ominosamente denominada golondrina de la tempestad.

Las Chinchas fueron explotadas intensamente por su guano en el siglo XIX. Mientras que las aves residentes abandonaron el lugar perturbadas por los invasores empecinados en rascar el suelo para sacar sus excrementos, estos últimos sufrieron atroces abusos a manos de los inversores y sus capataces.

El “cementerio chino”, una pequeña área en la isla central, daba fe de esta violencia. Poblado por tablas podridas y cruces de metal erigidas sobre tumbas sin cuerpos, el lugar era digno de cuentos de terror. Mientras instalaba sensores acústicos, no podía dejar de pensar en los miles de culíes, esclavos negros e indios enganchados que se lanzaban por los acantilados para escapar de las enfermedades, el exceso de trabajo y los latigazos.

Aunque me enseñaron estas cosas en el colegio cuando era un hastiado adolescente obligado a memorizar que el presidente Castilla construyó ferrocarriles y abolió la esclavitud con la falaz prosperidad del guano, nunca ví su relación con los problemas que ahora enfrentaba como profesional. Después del guano, las islas quedaron vacías de su bullicio anterior. Los trinos, los silbidos y los graznidos desaparecieron, y con ellos también se fueron los gritos de dolor y los aullidos de esos miserables trabajadores.

Días después, en el laboratorio, revisaba la carpeta donde mis colegas habían subido los miles de archivos .wav de nuestra salida de campo. Uno de ellos estaba etiquetado e incluía una nota que reclamaba revisión inmediata. Lo pasé por el espectrograma y descubrí que estaba lleno de picos que indicaban actividad recurrente. Al resaltar una sección, se reprodujo automáticamente en mis audífonos.

Quedé atónito ante el reclamo de nuestra elusiva ave. Pero en el fondo, como un ruido sin rastro, sonaban las lamentaciones de un hombre en algo que me sonaba a chino, que parecían conversar con la angustiada golondrina.

– Fabio MIRANDA

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